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sábado, 18 de noviembre de 2017

LA ACRÓBATA







Yolanda Barnés empezaba el día saludando a sus dos pescaditos, el triste y el entusiasta, en su casa de Los Angeles.





Cuando murió el entusiasta, el triste creció, brilló y pasó del color gris al rojo fuego. A los saltos saludaba y exigía su comida. Así Yolanda descubrió que el pescadito era pescadita, porque esas son cosas que a veces ocurren a las viudas.





La pescadita saltaba cada vez más alto, y daba vueltas en el aire. Una mañana, Yolanda encontró la pecera vacía. En vano buscó a la acróbata por toda la cocina, hasta que por fin la descubrió hundida en un plato de ajos a medio pelar. La devolvió al agua, la pescadita quedó aplastada contra el fondo de la pecera.





Así pasaron los días. La pescadita continuaba su quieta agonía, echando una burbuja que otra. Yolanda, que se sentía mirada por esos ojos rodeados de orillas de sangre, discó el primer número que le vino a la cabeza, pero era el teléfono de un amigo que entendía de autos y de vacas, y que sólo había visto peces en el plato, fritos o a la plancha.





La pescadita no tenía nombre. Yolanda pensó que era muy triste morirse sin nombre, pero no se le ocurrió ninguno. Pegada al vidrio, le dijo que ella era lo más interesante que había conocido en su vida en materia de peces, y le dijo adiós. Y se marchó a comprar leche y huevos y también un pescadito nuevo. Pero sólo trajo la leche y los huevos.





Una semana después, la pescadita daba saltos de circo y se llamaba Milagro.









Tomado de:


Cuentos de Galeano en la Jornada
Eduardo Galeano
Fotografía de internet





LA ACRÓBATA


Yolanda Barnés empezaba el día saludando a sus dos pescaditos, el triste y el entusiasta, en su casa de Los Angeles.

Cuando murió el entusiasta, el triste creció, brilló y pasó del color gris al rojo fuego. A los saltos saludaba y exigía su comida. Así Yolanda descubrió que el pescadito era pescadita, porque esas son cosas que a veces ocurren a las viudas.

La pescadita saltaba cada vez más alto, y daba vueltas en el aire. Una mañana, Yolanda encontró la pecera vacía. En vano buscó a la acróbata por toda la cocina, hasta que por fin la descubrió hundida en un plato de ajos a medio pelar. La devolvió al agua, la pescadita quedó aplastada contra el fondo de la pecera.

Así pasaron los días. La pescadita continuaba su quieta agonía, echando una burbuja que otra. Yolanda, que se sentía mirada por esos ojos rodeados de orillas de sangre, discó el primer número que le vino a la cabeza, pero era el teléfono de un amigo que entendía de autos y de vacas, y que sólo había visto peces en el plato, fritos o a la plancha.

La pescadita no tenía nombre. Yolanda pensó que era muy triste morirse sin nombre, pero no se le ocurrió ninguno. Pegada al vidrio, le dijo que ella era lo más interesante que había conocido en su vida en materia de peces, y le dijo adiós. Y se marchó a comprar leche y huevos y también un pescadito nuevo. Pero sólo trajo la leche y los huevos.

Una semana después, la pescadita daba saltos de circo y se llamaba Milagro.


Tomado de:
Cuentos de Galeano en la Jornada
Eduardo Galeano
Fotografía de internet

martes, 18 de octubre de 2016

CANTO A MÍ MISMO








Me celebro y me canto a mí mismo.


Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,


porque lo que yo tengo lo tienes tú


y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.





Vago… e invito a vagar a mi alma.





Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra


par ver cómo crece la hierba del estío.





Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,


de esta tierra y de estos vientos.





Me engendraron padres que nacieron aquí,


de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,


de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.





Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.





Y con mi aliento puro


comienzo a cantar hoy


y no terminaré mi canto hasta que me muera.





Que se callen ahora las escuelas y los credos.





Atrás. A su sitio.





Se cuál es mi misión y no lo olvidaré;


que nadie lo olvide.





Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,


dejo hablar a todos sin restricción,


y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.











Tomado del libro:


Walt Whitman 


Canto a mí mismo


Fotografía tomada de internet


CANTO A MÍ MISMO


Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.

Vago… e invito a vagar a mi alma.

Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.

Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.

Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.

Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que me muera.

Que se callen ahora las escuelas y los credos.

Atrás. A su sitio.

Se cuál es mi misión y no lo olvidaré;
que nadie lo olvide.

Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.



Tomado del libro:
Walt Whitman 
Canto a mí mismo
Fotografía tomada de internet

miércoles, 4 de junio de 2014

EL ORIGEN DE TODOS LOS POEMAS

«Quédate hoy conmigo, vive conmigo un día y una noche y te mostraré el origen de todos los poemas. Tendrás entonces todo cuanto hay de grande en la Tierra y el Sol y nada tomarás ya nunca de segunda ni de tercera mano, ni mirarás por los ojos de los muertos, ni te nutrirás con el espectro de los libros. Tampoco contemplarás el mundo con mis ojos. Ni tomarás las cosas de mis manos. Aprenderás a escuchar en todas direcciones. Y dejarás que la esencia del Universo se filtre por tu ser.»

Walt Whitman