lunes, 21 de abril de 2014
VIDA Y MUERTE
Las meditaciones de vida y de muerte te pueden ayudar tremendamente.
Por la noche, antes de irte a dormir, realiza esta meditación de quince minutos. Es una meditación sobre la muerte. Túmbate y relaja el cuerpo. Siente como si te estuvieras muriendo y que no puedes mover el cuerpo porque estas muerto. Crea la sensación de que estas desapareciendo del cuerpo. Hazlo durante diez, quince minutos, y a la semana empezaras a sentirlo. Quédate dormido meditando de esa manera. No lo interrumpas. Deja que la meditación se convierta en sueño y, si el sueño te vence, entra en él.
Por la mañana, en cuanto sientas que estas despiertos -no abras los ojos-, lleva a cabo la meditación de vida. Siente que cobras vida más plenamente, que la vida regresa y todo el cuerpo se halla lleno de vitalidad y energía. Empieza a moverte, oscilando en la cama con los ojos cerrados. Siente que la vida fluye en ti. Siente que el cuerpo tiene un gran flujo de energía, justo lo opuesto que la meditación de muerte. Así que realizad la meditación de muerte por la noche antes de irte a dormir y la meditación de vida justo antes de levantarte.
Con la meditación de vida puedes respirar hondo. Simplemente siéntete lleno de energía... que la vida entra con la respiración. Siéntete pleno y muy feliz, vivo. Luego, pasado quince minutos, levántate. Las meditaciones de vida y de muerte te pueden ayudar tremendamente.
Extracto del libro:
DÍA A DÍA
Osho
Día 230
Osho
Día 230
domingo, 20 de abril de 2014
LA DECISIÓN DE AMAR
Un individuo fue a visitar a un consejero para decirle que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse.
El consejero lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra:
—Ámala. —Luego se calló.
—Ámala —repuso el experto ante el desconcierto del señor—. Verás que no es fácil, pero no es imposible tratarlo.
Después de un breve silencio, agregó lo siguiente:
—Amar es una decisión, no un sentimiento.
Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. Tu amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega, procura y cuida. Debes estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso abandones tu jardín. Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, respétala, dale afecto y ternura, admírala y compréndela. Eso es todo, ámala.
¿Quién puede afirmar que amar es fácil?
Extracto del libro:
La culpa es de la vaca 2a parte
Lopera y Bernal
sábado, 19 de abril de 2014
EL ÚLTIMO ABRAZO
Esta es la narración de un anónimo conductor de taxi, en alguna ciudad del mundo:
Hace veinte años yo manejaba un taxi para vivir. Lo hacía en el turno nocturno y mi taxi se convirtió en un confesionario móvil. Los pasajeros se subían, se sentaban atrás y me contaban acerca de sus vidas. Encontré personas cuyas vidas me asombraban, me ennoblecían, me hacían reír o me deprimían. Pero ninguna me conmovió tanto como la mujer que recogí muy tarde en una noche de agosto.
Respondí a una llamada de unos pequeños edificios en una tranquila parte de la ciudad. Cuando llegué a las 2:30 a.m. el edificio estaba oscuro excepto por una luz en la ventana del primer piso. Bajo esas circunstancias, muchos conductores sólo hacen sonar su claxon una o dos veces, esperan sólo un minuto y después se van. Pero yo he visto a muchas personas que dependen de los taxis como su único medio de transporte, así que esperé.
Aunque la situación se veía peligrosa, yo siempre iba hacia la puerta. “Este pasajero deber ser alguien que necesita de mi ayuda”, pensé, por lo tanto, caminé hacia la puerta y toqué.
—Un minuto... —respondió una frágil voz. Pude escuchar que algo era arrastrado a través del piso y, después de una larga pausa, la puerta se abrió.
Una pequeña mujer, de unos ochenta años, se paró enfrente de mí. Llevaba puesto un vestido floreado y un sombrero con un velo, como alguien de una película de los años cuarenta. A su lado había una pequeña maleta de lona que le ayudé a cargar.
El departamento se veía como si nadie hubiera vivido ahí durante muchos años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, no había relojes en las paredes, ninguna baratija o utensilio. En la esquina estaba una caja de cartón llena de fotos y una vajilla de cristal.
Repetía su agradecimiento por mi gentileza.
—No es nada —le dije—. Yo sólo intento tratar a mis pasajeros de la forma que me gustaría que mi mamá fuera tratada.
—¡Oh, estoy segura de que es un buen hijo! —dijo ella.
Cuando llegamos al taxi me dio una dirección, entonces preguntó:
—¿Podría manejar a través del centro?
—Ese no es el camino corto... —le respondí rápidamente.
—No importa —dijo ella—. No tengo prisa: voy al asilo.
La miré por el espejo retrovisor, sus ojos estaban llorosos.
—No tengo familia —continuó ella—. El doctor dice que no me queda mucho tiempo.
Tranquilamente apagué el taxímetro.
—¿Qué ruta le gustaría que tomara? —le pregunté.
Durante toda la madrugada manejé a través de la ciudad. Ella me enseñó el edificio donde había trabajado como operadora de ascensores. Manejé hacia el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando estaban recién casados. Me pidió que nos detuviéramos enfrente de un almacén de muebles donde una vez hubo un salón de baile al que ella iba a danzar cuando era joven. Algunas veces me pidió que pasara lentamente enfrente de un edificio en particular, o una esquina; en esos momentos observaba en la oscuridad, y no decía nada...
Con el primer rayo de sol apareciéndose en el horizonte, ella repentinamente dijo:
—Estoy cansada, vámonos ahora.
Conduje en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de convalecencia, con un camino para autos que pasaba bajo un pórtico. Dos asistentes que vinieron hacia el taxi, con mucha amabilidad vigilaban cada movimiento de la señora. Debían haber estado esperándola.
Yo abrí la cajuela y dejé la pequeña maleta en la puerta. La mujer estaba lista para sentarse en una silla de ruedas.
—¿Cuánto le debo? —preguntó, buscando en su bolsa.
—Nada —le dije.
—Tienes que vivir de algo —me respondió.
—Habrá otros pasajeros —le respondí.
Casi sin pensarlo, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con fuerza y dijo:
—¡Necesito otro abrazo!
Apreté su mano, di la vuelta y caminé hacia la luz de la mañana. Atrás de mí una puerta se cerró: fue un sonido como de una vida concluida.
No recogí a ningún pasajero en ese turno y manejé sin rumbo por el resto del día. No podía hablar. ¿Qué habría pasado si a la señora la hubiese recogido un conductor malhumorado, o alguno que estuviera impaciente por terminar su turno? ¿Qué habría pasado si me hubiera rehusado a tomar la llamada, o hubiera tocado el claxon una vez y me hubiera ido?
Tras una rápida ojeada, no creo que haya hecho algo más importante en mi vida. Estamos acostumbrados a pensar que nuestras vidas están llenas de grandes momentos, pero los grandes momentos son los que nos atrapan felizmente desprevenidos. La gente tal vez no recuerde exactamente lo que tú hiciste o lo que tú dijiste... pero siempre recordarán cómo los hiciste sentir...
Un autor anónimo escribía: “Conserva el recuerdo del perfume de la rosa y fácilmente olvidarás que está marchita...”
¿Será verdad que muchos ancianos terminan dependiendo de los favores o el afecto de algunos desconocidos?
Si los jóvenes desprecian a los viejos, se olvidan que, si tienen suerte, ellos también llegarán allá.
Extracto del libro:
La culpa es de la vaca 2a parte
Lopera y Bernal
viernes, 18 de abril de 2014
LA SOLEDAD, ¿EL ENEMIGO?
Generalmente, la soledad nos parece un enemigo. El dolor de corazón no es algo que elijamos invitar a nuestra vida.
Es algo inquieto que nos quema y que está preñado del deseo de escapar y de encontrar algo o a alguien que nos haga compañía. Cuando podemos descansar en el punto medio, empezamos a tener una relación serena con la soledad, una soledad relajante y refrescante que pone nuestros temores totalmente del revés.
Extracto del libro:
Cuando Todo Se Derrumba
Pema Chödron
jueves, 17 de abril de 2014
DAR ES LA MEJOR COMUNICACIÓN
Puede ser un sueño, pero el vídeo no deja de ser un momento de reflexión.
CURANDO AL NIÑO HERIDO QUE HAY EN TU INTERIOR
Muchos de nosotros tenemos aún un niño herido viviendo en nuestro interior. Quizá las heridas nos las hayan producido nuestro padre o nuestra madre. O tal vez a nuestro padre le hirieran de niño. A nuestra madre también pueden haberla herido cuando era niña.
Como no supieron curar las heridas de su infancia, nos las han transmitido. Si nosotros no sabemos transformar y curar las heridas que hay en nosotros, las vamos a transmitir a nuestros hijos y nietos. Por eso hemos de volver al niño herido que hay en nosotros y ayudarle a curarse.
A veces el niño herido que hay en nosotros necesita nuestra atención. Ese niño pequeño puede aflorar de las profundidades de nuestra conciencia y pedir nuestra atención. Si eres consciente, oirás su voz pidiendo ayuda. En ese momento, en lugar de contemplar un bello amanecer, vuelve a ti mismo y abraza tiernamente al niño herido que hay en ti.
«Inspirando, vuelvo con el niño herido que hay en mí; espirando, cuidaré muy bien de mi niño herido.»
Para cuidar de nosotros mismos, debemos volver y cuidar del niño herido que hay en nuestro interior. Has de practicar cada día el volver a tu niño herido. Debes abrazarlo tiernamente, como si fueras un hermano o una hermana mayor. Has de hablarle. Y también puedes escribir una carta al niño pequeño que hay en ti, de dos o tres páginas, para decir que reconoces su presencia y que harás todo lo posible para curar sus heridas.
Cuando hablamos de escuchar con compasión, normalmente creemos que se refiere a escuchar a otra persona. Pero también debemos escuchar al niño herido que hay en nuestro interior.
Está en nosotros aquí, en el momento presente. Y podemos curarlo ahora mismo.
«Mi querido niño herido, estoy aquí por ti, listo para escucharte. Por favor, cuéntame tu sufrimiento, muéstrame todo tu dolor. Estoy aquí, escuchándote de veras.»
Y si sabes volver a él, escucharle cada día durante cinco o diez minutos, la curación tendrá lugar. Cuando subas una bella montaña invita al niño que hay dentro de ti a subir contigo. Cuando contemples una hermosa puesta de sol, invítale a disfrutarla contigo.
Si lo haces durante algunas semanas o meses, el niño herido
que hay en ti se curará. La plena conciencia es la energía que
puede ayudarnos a hacerlo.
Extracto del libro:
LA IRA (El dominio del fuego interior)
Thich Nhat Hanh
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